
A partir de un concepto tan amplio y universal como es la piel, se ha invitado a los participantes del festival a reflexionar acerca de un órgano que no puede desvincularse de la existencia humana. Así mismo, la piel abre caminos para replantear los límites, las capacidades y el papel del ser humano en relación a su entorno y la forma de relacionarse con sus semejantes.
Las infinitas maneras de ver la piel están sujetas a las vivencias y a los condicionantes sociales y culturales.
A lo largo de la historia de la humanidad, la piel ha sido utilizada como primer distintivo social y cultural. Ha sido y sigue siendo el primer lienzo para la máxima expresión de nuestra simbología artística. Sobre ella se aplica todo un imaginario que la transforma, la decora. Gracias a sus sensibles terminaciones nerviosas la piel es receptáculo de cualquier estímulo exterior, y teniendo en cuenta que le corresponde el sentido del tacto, se podría considerar que es el origen del erotismo. Es el reflejo de nuestro interior, muestra sus enfermedades, sus pasiones, su dolor, es reflejo de las emociones más inmediatas.
La piel es también transmisora de información de un sujeto a otro y crea una barrera entre el individuo y su ambiente, procurando que haya un equilibrio entre ambos. Es el límite físico entre las relaciones humanas, separa el universo interior del exterior y confronta o une a los seres humanos, es creadora de afinidades o diferencias.
La piel muestra la inexorable huella del tiempo sobre el ser humano, es el reflejo de la vida, de sus avatares, de las experiencias vividas, es la cartografía de la existencia humana así como las maneras de cubrirla, manifiestan los cambios que se producen en el entorno en el que un individuo vive.
La piel es, en definitiva, un catalizador de todas las experiencias, estímulos y sensaciones que abordan al ser humano.